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El planeta rojo

Este año es el 120 aniversario de mi novela favorita: La Guerra de los Mundos de H.G. Wells. Desde niño he sentido auténtica fascinación hacia esos aterradores trípodes, armados con tentáculos de acero y rayos ardientes. Por tanto, he intentado celebrar esta fecha publicando una adaptación infantil de la novela, y un juego de mesa del cual espero volver a hablar muy pronto.


Herbert George Wells nació el 21 de septiembre de 1866. Cuarto hijo de Joseph Wells y Sarah Neal (humildes tenderos de clase baja), el pequeño Bertie era un muchacho enfermizo pero muy estudioso, que pronto demostraría sus dotes literarias.


Quiero hablar un poco de este autor, de su ideología y de los valores que trataba de transmitir con su obra.



H.G. Wells fue siempre un izquierdista convencido. Sus tendencias políticas eran tan conocidas que se le permitió la entrada en la Unión Soviética para entrevistar a... ¡Josef Stalin!


Tampoco tenía en mucha estima a las religiones. En una ocasión llegó a decir:


Toda religión es un insulto a la dignidad.


También desmitificó las cruzadas en una época en la cual aún se revestían con un aura de fantasía romántica:


Ninguna ha sido más sangrienta que las Cruzadas Cristianas de la Edad Media. Los Cruzados ultrajaron y despojaron a sus compañeros cristianos y cometieron atrocidades increíbles contra sus enemigos musulmanes.


Sin embargo, sí demostraba cierto respeto hacia la figura de Jesús de Nazaret, o, más bien, hacia los valores que defendía:


Es interesante y significativo el que un historiador, sin prejuicio teológico alguno, descubra que no puede describir el progreso de la humanidad honradamente sin dar un lugar de prominencia a un maestro pobre de Nazaret.


En 1898, Herbert George Wells completa su cuarta novela. Aquella que le proporcionará mayor fama. Me refiero, claro está, a la ya mencionada La Guerra de los Mundos (The War of the Worlds en el original).


Con esta novela Wells creó, quizás a su pesar, un género entero: el de la Tierra invadida. Cualquiera puede nombrar una película (o cómic o serie de televisión) sobre un ejército alienígena que trata de conquistar el planeta. Por tanto, no creo que sea necesario explicar en profundidad las características del género.


Aunque todas las versiones de esa Tierra invadida son, en mayor o menor medida, adaptaciones de La Guerra de los Mundos, hoy por hoy sólo existen dos adaptaciones cinematográficas de la novela. Hay otros dos largometrajes directos a vídeo (de muy bajo presupuesto) y un falso documental que sitúa la guerra contra los marcianos en 1914. Para el propósito de este artículo, ignoraremos estas versiones menos conocidas.


La primera adaptación tuvo lugar en 1953, en plena guerra fría. Se trata de una superproducción producida por George Pal y dirigida por Byron Haskin, que toma mucho de la versión radiofónica que hiciera Orson Welles en 1940.


Aquí no tenemos trípodes, sino elegantes naves con forma de mata raya que se apoyan con rayos sobre el suelo. La acción se traslada a los años 50 y, como no podía ser de otro modo, a los Estados Unidos de América.



No es mi intención criticar un gran clásico de la ciencia ficción (a mi me encanta) pero sí creo que este filme ha creado un precedente dañino. Por culpa de su popularidad, se ha perdido gran parte de lo que Wells trataba de decir, si no el mensaje de la obra en su totalidad.


Para dejar clara mi postura, nada mejor que recordar el mítico desenlace:


El fin llegó súbitamente, sus aparatos en todo el mundo dejaron de funcionar. Después de que todo lo humano fracasara, los marcianos fueron destruidos y la humanidad salvada por las cosas más pequeñas que Dios, en su infinita sabiduría, había puesto en la Tierra...


La adaptación de Steven Spielberg de 2005 es un ejercicio un tanto extraño para su autor, que, recordemos, inventó el blockbuster moderno.


No es cine bélico, ni de aventuras, ni tampoco parece mostrar especial interés hacia los elementos de ciencia ficción. Se trata de un filme triste y siniestro, cercano al género de terror y fuertemente influenciado por los atentados del 11 de septiembre de 2001. También parece más un remake de la versión previa que una nueva adaptación de la novela. De hecho, el final es muy similar (por no decir idéntico). Las fuerzas invasoras, que hasta ese momento parecían invencibles, caen de repente, sin más explicación que un par de vagos comentarios sobre Dios dados por un narrador omnisciente.



En ambos casos es imposible no ver cómo el enemigo exterior se relaciona claramente con los terrores del ciudadano americano del momento. En 1953, la Rusia comunista. En 2005, los fundamentalistas islámicos. Y en ambos casos, vemos como esos poderes malignos son rechazados de forma violenta por fuerzas misteriosas, quizás divinas.


Pues bien, este famosísimo desenlace no sólo atenta directamente contra el mensaje del relato sino que presenta una filosofía radicalmente opuesta a la de su autor (como ya se ha comentado, H.G. Wells era socialista y ateo militante).


En principio, el fragmento puede parecer fiel al original. Pero si leemos el texto completo, encontramos poderosos matices:


Los gérmenes de las enfermedades han atacado a la humanidad desde el comienzo del mundo, exterminaron a muchos de nuestros antecesores prehumanos desde que se inició la vida en la Tierra. Pero en virtud de la selección natural de nuestra especie, la raza humana desarrolló las defensas necesarias para resistirlos. No sucumbimos sin lucha ante el ataque de los microbios, y muchas de las bacterias, como aquellas que causan la putrefacción en la materia muerta, no logran arraigo alguno en nuestros cuerpos.


Pero no existen las bacterias en Marte, y no bien llegaron los invasores, no bien bebieron y se alimentaron, nuestros aliados microscópicos iniciaron su obra destructora. Ya cuando los observé yo estaban irrevocablemente condenados, muriendo y pudriéndose mientras andaban de un lado para otro. Era inevitable. Con un billón de muertes ha adquirido el hombre su derecho a vivir en la Tierra y nadie puede disputárselo; no lo habría perdido aunque los marcianos hubieran sido diez veces más poderosos de lo que eran, pues no en vano viven y mueren los hombres.


Como se puede comprobar, el triunfo de la humanidad no se debe a un todopoderoso Dios redentor sino, precisamente, a los principios darwinianos de la evolución. No es nuestra piedad lo que nos otorga el derecho a sobrevivir. De hecho, el ser humano no merece sobrevivir. Sencillamente, hemos ganado en la lotería genética. Se trata de una reflexión diametralmente opuesta a la versión luterana de Hollywood.


El único personaje claramente religioso de la novela es un vicario sin nombre, cuya mera presencia provoca grandes problemas al protagonista. Al final, este hombrecillo cobarde y egoísta acaba por volverse totalmente loco y se sacrifica a los marcianos, creyendo que son enviados de Dios.


Pero es que eso no es todo. La Guerra de los Mundos es una novela que siempre se ha analizada de una forma tristemente superficial.


¿Busca el autor, sencillamente, entretener a su público? ¿Es este un libro de imaginación desbocada que niega o rehuye de conflictos reales? No. En absoluto. Es una crítica feroz a la política imperialista de la Inglaterra victoriana.


Originalmente, Wells planteó su historia como una parodia de las numerosas novelas de invasiones que poblaban el mercado. Un género que hoy podemos considerar más o menos desaparecido.


Básicamente, se trataba de panfletos ultra patrióticos en los cuales valientes guerreros ingleses combatían contra una potencia enemiga en suelo propio. Por norma general, el rival extranjero era aniquilado en una espectacular batalla final, gracias al valor e inventiva de los británicos.


El único ejemplo moderno que se me ocurre es el filme Amanecer rojo de 1984, dirigido por John Millius y que narra una (improbable) tercera guerra mundial contra el imperio soviético.


El origen del género es la novela corta La batalla de Dorking de George Tomkyns Chesney. Publicada 1871, describe la invasión de Inglaterra por parte de una nación de habla alemana nunca mencionada. En esta novela los ingleses no vencen, sino que fracasan. El narrador, un veterano de guerra (ya retirado), cuenta como, una vez perdida la batalla de Dorking, empezó la desintegración del Imperio británico. Chesney escribió su libro como advertencia. Era capitán de ingenieros en el ejército de la reina y, tras las últimas victorias de los prusianos en Europa, sentía gran preocupación por el estado de las fuerzas armadas.



Otro exponente del género sería Mañana, cuando la guerra comience de Émile Driant, publicada en 1888 y llevada al cine en 2012. Pero, sobre todo, si hay que mencionar un título, ese es The Great War in England in 1897 de William Le Queux, publicada en 1894. La Guerra de los Mundos toma como referente directo esta última novela... precisamente, para criticar su nacionalismo exacerbado.


El caso es que en su curiosa versión protagonizada por marcianos, nuestro amigo Wells sustituye el amor hacia la bandera... por un desprecio manifiesto hacia la poderosa máquina militar británica. En la guerra mueren muchos hombres pero nunca parece existir la menor oportunidad de triunfar por la fuerza de las armas. El protagonista es un ciudadano anónimo que se limita a sobrevivir. Entabla amistad con un hombre llamado sencillamente el artillero, cuya actitud siempre se sitúa en los extremos: al principio es un soldado completamente desmoralizado y en los últimos capítulos se transforma en una especie de visionario loco con ideas un tanto ridículas para una futura resistencia subterránea. El momento de mayor heroísmo de la novela, el enfrentamiento del barco de guerra Thunderchild contra los trípodes, se salda con una clara derrota humana.



La muerte de los visitantes de Marte no se trata, como muchos han querido indicar, de un Deus Ex Machina. Es una resolución perfectamente lógica que aparece sugerida en varios pasajes del libro. Y, lo que es más importante, se complementa con la socarronería que caracteriza el estilo literario de Wells. Un estilo que convierte a los aguerridos soldados en víctimas indefensas y a sus generales en criaturas tan inútiles como invisibles.


Y esto no es todo: la forma que tienen de desembarcar los marcianos, su desprecio hacia los nativos, sus tácticas de combate, su método de construcción de campamentos, su rápida asimilación del terreno conquistado... son detalles basados en el modo de operar de los ejércitos de la reina.


Wells, fue contemporáneo, además, de las Guerras Negras de Tasmania y pudo leer en periódicos de tirada nacional la justificación de matanzas en nombre de la civilización y de la superioridad de la raza. Discursos que bien poco tenían que envidiar al argumentario de los nacionalsocialistas de los años 30.


Esto no es un dato adyacente al tema que nos ocupa, pues ya en el primer capítulo de La Guerra de los Mundos podemos leer lo siguiente:


A pesar de su apariencia humana, los tasmanios fueron exterminados por completo en una guerra de extinción llevada a cabo por los inmigrantes europeos durante un lapso que duró escasamente cincuenta años. ¿Es que somos acaso tan misericordiosos como para quejarnos si los marcianos guerrearan con las mismas intenciones con respecto a nosotros?


Tampoco hay que olvidar que Wells era un fabiano. La Sociedad Fabiana (fundada el 4 de enero de 1884 en Londres), era un movimiento británico cuyo propósito era avanzar en la aplicación de los principios del socialismo mediante reformas graduales. Es conocida por formar los cimientos de lo que más tarde sería el Partido Laborista.



Como debería resultar obvio para el lector de su tiempo, la amenaza alienígena es un reflejo de las acciones emprendidas por la Europa colonial a lo largo del siglo XIX. No, no son comunistas soviéticos. Ni terroristas islámicos. No son, en ningún caso, el enemigo exterior. No son el otro.


Son ingleses. Es decir: nosotros, los lectores.


Si necesitáramos un nuevo planeta, ¿acaso no lo tomaríamos por la fuerza? Si encontrásemos mundos habitados por seres de menor inteligencia, ¿acaso no los consideraríamos animales ridículos, esclavos en potencia?


No existe honor en la guerra y en ella sólo pueden disfrutar los monstruos genocidas. Y, lo que es peor: en las circunstancias adecuadas CUALQUIERA puede convertirse en ese monstruo.


¿Cómo debió sentirse un antibelicista como Wells cuando el humo negro que había inventado para los marcianos se convirtió en una realidad en los campos de batalla de la I Guerra Mundial?


Los espantosos trípodes de metal plateado deberían hacernos reflexionar sobre nuestros cañones. El terrible rayo abrasador debería hacernos odiar nuestros fusiles. Los marcianos, con sus cien tentáculos y sus inmensos ojos negros, no son sino una aberrante caricatura de aquello en lo que puede llegar a convertirse el ser humano. Son mucho más que feos monstruos espaciales puestos ahí para que aplaudamos su muerte.


Hay que conocer pero, sobre todo, comprender la historia, para que no se repitan los horrores del pasado. Ese es el único mensaje que se puede extraer de la obra. Y es un mensaje tan válido en 1898 como lo es 2018.


¿No sería genial ver esas ideas trasladas a la gran pantalla, quizás en una tercera adaptación?


Al parecer la BBC está trabajando en una miniserie aunque, sinceramente, no tengo mucha confianza. Yo os recomiendo la versión musical de Jeff Wayne que es entretenidísima y muy fiel al material original. Mientras escribo estas líneas me dispongo a viajar a Londres para ver una representación en vivo de dicha versión musical.


Durante la última época de su vida, Wells asumió la tarea de defender en escritos y conferencias todo aquello que considerara positivo para el progreso.


En El contorno del la historia, de 1920, dice:


El entretejer la humanidad en una comunidad no implica la creación de una comunidad homogénea, sino más bien lo contrario; la bienvenida y la correcta utilización de cualidad distintiva en una atmósfera de entendimiento... Las comunidades en un patrón, como cajas de soldaditos de plomo, son más bien cosas del pasado que del futuro.


Wells creía en la libertad y en el poder del pensamiento crítico. Vivió dos guerras mundiales y siempre habló de ellas con pesar y temor. Creía que la especie humana podría mejorar gracias a la educación y los avances científicos. Sin embargo, no cayó en la ingenuidad de muchos de sus contemporáneos y fue uno de los primeros escritores que advirtió del peligro de confiar ciegamente en el progreso. Siempre postuló que era el hombre quien debería dominar a las máquinas, y no al revés.


Una de las frases más representativas de su pensamiento es:


Nuestra verdadera nacionalidad es la humana.


H. G. Wells murió en Londres el 13 de agosto de 1946, en la cima de un reconocimiento aún hoy universal. Tenía 79 años de edad.



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