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Espada, brujería y hombres serpiente

El sonido de las trompetas se hizo más fuerte, como una inmensa ola dorada, como el suave auge de las mareas nocturnas contra las playas de Valusia. La multitud gritó y las mujeres arrojaron rosas desde las alturas, mientras el redoble constante de las plateadas huestes se hacía más claro. Al fin, el primer hombre en la imponente procesión pudo verse en las calles anchas y blancas que rodeaban la Torre del Esplendor.


Con estas líneas se inicia «El reino de las sombras», de Robert E. Howard. Para muchos, un punto de inflexión esencial en la historia de la literatura fantástica.


El relato apareció por primera vez en agosto de 1929 en la mítica revista «Weird Tales». Eso significa que el año que viene se cumplen 90 años de su publicación.


Por si queda alguien que no lo sepa, Robert E. Howard fue un escritor tejano francamente brillante que durante los escasos años en los que se dedicó al oficio, produjo cientos de relatos de aventura, fantasía, western, misterio, ciencia ficción y terror. De su máquina de escribir surgieron personajes tan duraderos como Solomon Kane, Conan, o el bárbaro que hoy nos ocupa: Kull de Atlantis. Howard se suicidó, presa de la depresión, a los 30 años de edad (el 11 de junio de 1936). Jamás lo sabría, pero lo cierto es que su prosa cambió las vidas de millones de personas y abrió las puertas a un mundo de imaginación sin límites.


«El reino de las sombras» es un trabajo literario admirable. Cuenta con una fuerza demoledora a la hora de tratar la violencia y, al mismo tiempo, resulta absolutamente encantador en la detallada descripción de su universo de fantasía. Precede, además, a prácticamente todo lo que podemos considerar un referente en el género. Evidentemente es anterior a «Juego de tronos» y a la saga de Geralt de Rivia. Pero también es anterior a «El hobbit» y a «El señor de los anillos», anterior a «Narnia», a «La rueda del tiempo», a Elric de Melniboné, a los mundos de «Dungeons & Dragons», e incluso al célebre «Camelot» de T.H. White. El único autor que podemos destacar como clara influencia de Howard es Edgar Rice Burroughs y sus fantasías marcianas.


La era Thuria (el pasado ficticio en el que transcurre la historia) no se diferencia demasiado de nuestro propio mundo. Se trata de un trasfondo reconocible, inspirado tanto en la historia como en la leyenda. Aquí se alza el reino de Valusia, un lugar muy heredero de esa imagen entre romántica y terrible que todos tenemos del Imperio Romano. El protagonista del relato, Kull, es un extranjero. En sus años mozos, fue esclavo, pirata y gladiador. Después entró a formar parte del ejército y, por azares del destino, acaba convertido en el líder de la revuelta contra el monarca regente. Esta historia, que podría ser una novela en sí misma, no es más que el punto de partida del cuento. Pues la auténtica amenaza se encuentra dentro de la propia ciudad, en forma de terribles hombres serpiente, una raza de odiosos reptiles que pueden adoptar forma humana y que llevan siglos controlando el destino de la humanidad.


Pero, ¿quiénes son los hombres serpiente? No son un ejército invasor venido de tierras lejanas. Son políticos, senadores y ricos comerciantes que habitan en la propia ciudad. La lucha de Kull no es la lucha de un hombre contra las fuerzas del caos. El rey es un salvaje, un forastero que, sin embargo, cuenta con un intachable sentido de la justicia. Ni entiende ni desea entender las extrañas normas sociales que rigen la civilización. Su enemigo es la hipocresía y la estupidez. En esta historia las fuerzas del mal existen, pero no están encarnadas en fantasmas y dragones. Muy al contrario, el mal habita en estatuas de viejos reyes, en palacios de mármol blanco y en el corazón de orondos sacerdotes cubiertos de oro.


Aunque nunca lo dijo de este modo, Robert E. Howard era, esencialmente, un existencialista. El triunfo de sus personajes representa el triunfo del hombre más allá de las normas. Más allá de peligros racionales e irracionales. Más allá de dioses o religiones.


Quizás en el cómputo final de los años, la vida y hazañas de Kull no hayan valido para nada… pero por Valka, que habrá sido una buena vida. Y eso es lo único que cuenta.


El rey había perdido el juicio. Luchaba en la terrible forma en la que luchan los Atlantes, buscando su propio daño para así repartir destrucción entre sus enemigos. No hacía el menor esfuerzo en evitar cortes y puñaladas, avanzando siempre hacia el frente. En su mente desquiciada solo cabía ya un pensamiento: matar.



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