• Kike

Vivieron felices y comieron perdices


La última película de Quentin Tarantino es una obra de fantasía en el sentido más amplio del término. Se recrea hasta el último detalle un mundo que no es que haya desaparecido: es que, sencillamente, nunca ha existido. La realidad se mezcla con los recuerdos, con el qué podría haber pasado y con el ojalá hubiera pasado. Una fantasía, eso sí, con aristas. Una fantasía que fuma, que bebe, que folla y que no tiene miedo de decir lo que piensa.


No es importante la estructura, la causalidad, los giros dramáticos ni, en definitiva, la historia. O al menos, lo que académicamente se entendería como una historia en tres actos. Lo importante aquí es lo que representan los personajes, y el triste contraste entre la realidad y la ficción, la verdad y la imaginación. Quizás haya a quien le aburra este planteamiento. No a mí, desde luego. Joder, si la película hubiera durado una hora más, me la habría tragado gustoso.


¿Qué es la sala de cine? ¿Un lugar donde vemos películas? ¿Solo eso? Para algunos de nosotros es más bien un refugio. Un templo. Un lugar mágico donde grupos de amigos y completos desconocidos se reúnen y disfrutan de vidas alternativas. Y no sé vosotros, pero yo no quiero un cine que simplemente me entretenga. Que no diga nada. Quiero que me deje una marca, una pequeña cicatriz. Es una ilusión, sí, pero una ilusión que me acompañará de por vida. Tarantino, director y guionista, crítico y productor, autor y loco de remate, sabe todo esto. Lo sabe muy bien.


Los fragmentos de falsas películas ayudan a construir dicha ilusión. No son solo títulos: tienen detrás fechas de rodaje, equipo técnico y artístico, argumentos y localizaciones. Casi podemos saborear el olor del spaghetti western. Y es que un buen mundo de fantasía debe ser más detallado que la propia realidad.


Sharon Tate no es necesariamente la Sharon Tate real, sino un ser angelical, mágico. Una princesa de cuento o incluso un espíritu del Bien, que sobrevuela la ciudad extendiendo su eterno optimismo. Un símbolo de nuestros sueños y esperanzas. Un ser maravilloso que todos desearíamos conocer. Sus risas rompen el silencio. Sus ojos iluminan la oscuridad de la noche. Queremos compartir su alegría.


¿Y qué son los miembros del clan Manson más que basura infame? Niñatos ridículos, cucarachas repugnantes, criaturas estúpidas que, si no cuentan con la suerte de su lado, no tienen ninguna oportunidad de triunfar. No tienen motivos ni redención posible. Todos hemos tenido veinte años y nos hemos sentido frustrados y confusos. ¿Eso te da motivos para matar?


¿Has sufrido en casa? ¿Has sido incitado por un vil manipulador? ¿No sabías lo que hacías? Eso es puro egoísmo. Mentiras. Excusas. ¿Acaso crees que tu drama es peor que el del resto de la humanidad? No existen motivos válidos para hacer lo que has hecho. El mundo sería un lugar mejor si nunca hubieras nacido.


Hay pocas cosas más asquerosas que esos documentales sobre psicópatas que tratan de crear una mística alrededor de algo que no la tiene. No hay nada extraño, exótico ni fascinante en un grupo de tarados que rompen las vidas de otros.


Tarantino, a pesar de impregnar sus filmes de una violencia gráfica y muy física jamás ha creado un halo romántico alrededor del psicópata. El ejemplo más claro es, obviamente, Death Proof. La primera mitad del filme sitúa a un asesino junto a un grupo de adolescentes ficticias. No son seres humanos, son trozos de cartón salidos de una película mala de terror. La segunda mitad, sin embargo, enfrenta al villano a mujeres reales. No solo es derrotado: es derrotado de forma humillante y convertido en un puto chiste. Porque no merece otra cosa. No es nadie, no es nada y está bien que se lo recuerden.


Los últimos veinte minutos de Once upon a time in Hollywood no solo son graciosísimos (y brutales). Son la conclusión lógica de una película que ama las películas. Es el discurso de un director que ama el trabajo de otros directores. Actores salvando a actores. La violencia de la ficción, irreal, inocua, divertida, enfrentada a la espeluznante violencia de la historia de América. Un momento aparentemente loco, aparentemente simple, pero que oculta un fuerte sentimiento de melancolía. Estamos, en definitiva, ante el triunfo final de la fantasía. La reivindicación del calor de la sala oscura del cine frente a la fría oscuridad del mundo real.


Hay muy pocas cosas que puedan ayudarnos a enfrentar el horror de la vejez y la muerte. Pero quizás el cine sea una de ellas. Porque es una mentira que sabe que es una mentira y que, por un par de horas, llena de significado nuestras vidas. Por eso queremos oír los mismos cuentos una y otra vez. Y siempre empiezan igual.


Érase una vez...

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