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La defensa de Gondolin y Christopher Tolkien

Actualizado: 11 de nov de 2018

Christopher John Reuel Tolkien nació el 21 de noviembre de 1924 en Leeds, Inglaterra. Es el tercer hijo del escritor J. R. R. Tolkien y su albacea literario.


Este año ha publicado The fall of Gondolin, libro que aparecerá traducido al castellano (de la mano de Minotauro) a principios del año que viene. Esta promete ser la última obra póstuma del profesor Tolkien… y, al mismo tiempo, se trata de la primera que escribió o, al menos, la primera que transcurre durante los días antiguos de Arda (el mundo al que pertenece la Tierra Media). Tolkien supo de la ruina de los elfos antes de conocer su gloria.


El profesor empezó la redacción de este cuento nada menos que en las trincheras de la Gran Guerra. Tenemos constancia de un pedazo de papel arrugado que, como detalle romántico, tenía trazas de lágrimas del autor. Sin duda esta historia era extremadamente importante para Tolkien y es igualmente importante para comprender la mitología que pretendía construir. Sin embargo, nunca se terminó.


La primera versión del relato tiene una extensión solo ligeramente inferior a la de El Hobbit y ha sido publicada ya dos veces: primero en El libro de los cuentos perdidos y por segunda vez en esta nueva edición de lujo. Se trata de una historia maravillosamente escrita y bastante pulida. De hecho, el propio Tolkien la recitó una vez, frente a la audiencia del Exeter College Club, en 1920. Ellos fueron los primeros en saber de la traición de Maeglin, del triste final del rey Turgon y de la última batalla de Ecthelion.


Pero los que conocemos en profundidad el complejo universo de Arda, sabemos que aún quedaba un largo trecho hasta una versión definitiva. Muchos nombres de personajes y lugares son distintos. Aún se utiliza el término "gnomos" al referirse a los elfos, y los dragones son descritos como ingenios mecánicos creados por trasgos (en lugar de ser las magníficas bestias de las que desciende Smaug).



De forma que estamos ante un relato tan esencial como inexistente. Necesario pero inconcluso. Una paradoja que acerca el mundo de Tolkien a la auténtica mitología, pues tampoco sabemos prácticamente nada de los dioses y héroes celtas de Gran Bretaña. ¿Y las canciones de la Edda poética? Muchos historiadores sospechan que nunca las cantaron los bardos del norte, sino que fueron compuestas por escritores cristianos más de un siglo después del final de la era vikinga.


Para mí La caída de Gondolin tiene un valor sentimental adicional. En mi juventud, no llegué a emocionarme con El Silmarillion, pero sí que veía algo especial en el pasaje que narra la destrucción de la ciudad. Un pasaje tan escueto como terrible. Fue el primer guion que escribí, años después, e incluso estuve a punto de participar en la producción de una película inspirada en la historia (con grandes cambios, por supuesto, hablamos de inspiración no de plagio).


Han pasado 126 años del nacimiento de J.R.R. Tolkien, y es maravilloso ver como cada generación que redescubre sus historias encuentra cosas nuevas en ellas. Arda es un lugar creíble, casi palpable y, sin embargo, sigue unido invariablemente a su único creador, un profesor de Oxford sin más ambición que vivir en paz con su mujer y sus hijos. No se trata de una monstruosa macrofranquicia que se amolda a los tiempos, como ocurre con otros universos de fantasía. Es algo especial, diferente. Nadie se atrevería a escribir una nueva historia ambientada en Gondor y calificarla de "canon". Puede haber películas, series de televisión o videojuegos (algunos como Shadow of War con vergonzosas divergencias con respecto a la obra original)… pero nadie, nunca, tendría el cinismo de llamarse a sí mismo "co-creador" o asegurar que sus personajes tienen tanta validez como los del profesor.


El personaje de Conan, el cimerio, no tuvo tanta suerte, o si no, que le pregunten al pirata de L. Sprague De Camp. Tampoco creo que la obra de Frank Herbert haya sido muy afortunada. El hijo de este, Brian, ha seguido explotando el universo de Dune con textos escritos por él mismo y otros autores "autorizados" en una loca orgía de secuelas, precuelas, spin-offs y mundos alternativos.


Y yo oigo una y otra vez que Christopher Tolkien solo quiere exprimir la obra de su padre, que es capaz de publicar cualquier tontería con tal de obtener beneficio, que es un viejo avaro.


Esto es, sencillamente, absurdo.


Cuando somos adolescentes todos decimos tonterías. Yo mismo he sido muy tonto. Y el chiste de "Christopher sería capaz de publicar el papel higiénico que usaba su padre" lo he oído mil veces, desde hace veinte años.


Pero seamos honestos.


¿Sabéis cuánto dinero ha perdido Christopher Tolkien por negarse a ver las historias de El Silmarillion adaptadas a la gran pantalla? ¿Por negarse a vender productos derivados? ¿Por negarse a que nuevos autores publiquen aventuras apócrifas de Aragorn o Legolas?


Sin embargo, como persona que ama la música, ha aceptado que la obra de su padre fuera transformada en discos de folk, Power Metal y óperas… ¡sin pedir nada a cambio! Únicamente dando su permiso, sin ganar ni un solo euro. Esta es la labor de un hombre íntegro.


Y es que la relación de Christopher Tolkien con los reinos de Arda es mucho más fuerte que la que puede llegar a sentir cualquier lector, por entusiasta que este sea. Estamos hablando de alguien que estuvo ahí desde el principio, que supo de las aventuras de Bilbo Bolsón antes de que aparecieran en papel y que fue fundamental en la construcción de El señor de los anillos. Ayudó a dibujar mapas. Ayudó a buscar nombres. Ayudó a definir personajes. Estamos hablando de una persona para la que (según sus propias palabras) Gondolin es más real que la antigua Babilonia. Una persona que luchó en la Segunda Guerra Mundial y que, entre vuelo y vuelo, tuvo tiempo de echar un ojo al viaje de Frodo y dar consejos sobre qué ruta debía seguir.


Creo que, en muchos casos, se podría atribuir a Christopher Tolkien la etiqueta de "co-autor" (como ocurre con todo lo relativo a la ruina de Doriath), pero él mismo se ha negado a considerarse como tal. De hecho, la publicación de El Silmarillion en 1977 causó cierta controversia, e incluso se cuestionó su labor como editor. Este quiso dejar las cosas claras y ser absolutamente transparente. Fue así como empezó la publicación de una de las obras académicas más importantes en la historia de la literatura moderna: la serie de doce libros Historia de la tierra media. En sus páginas podemos encontrar las palabras del autor original sin adulterar, acompañadas de cientos de anotaciones a pie de página, prólogos y epílogos que nos explican un poco mejor los complejos engranajes que hay detrás de cualquier obra de ficción. Un esfuerzo colosal, que analiza de forma precisa el proceso creativo de J.R.R. Tolkien con la profundidad y extensión de varias tesis doctorales. No hay una intención narrativa en estos libros, sino didáctica. No parece la idea más comercial del mundo, ¿verdad?


Pocos autores han podido ver su corpus literario analizado de forma tan exhaustiva, y menos aún con semejante amor y respeto. Y, cuando así ha sido, hablamos de trabajos de miles de páginas que quedan atrapados en la balda polvorienta de una biblioteca universitaria. Trabajos que nadie leerá nunca.


A Christopher Tolkien no le gustan las adaptaciones cinematográficas de El señor de los anillos. ¿Y quién puede culparle? Yo también tengo mis dudas sobre ciertas escenas de El retorno del rey… ¡y no soy el hijo del autor! Para él, todo esto es un asunto muy personal. Sin embargo, como persona elegante y educada que es, no critica a los que disfrutan con las películas y acepta sus opiniones. Lo que no acepta, bajo ninguna circunstancia, es que otros se beneficien del trabajo de su padre, sobre todo si ese beneficio implica la explotación antiética de sus personajes. Es por eso que en 2008 emprendió un proceso legal contra New Line Cinema, empresa a la que reclamaba una deuda con su familia de 80 millones de libras en royalties impagados. Recordemos que los derechos originales de El Hobbit y El señor de los anillos fueron vendidos por Tolkien en los 70, bajo un trato vergonzoso que cualquier abogado de hoy día consideraría poco menos que ilegal. En la actualidad estos derechos son administrados por Middle-Earth Enterprises.




Así llegamos a 2018.


La historia de esta edición de La caída de Gondolin contiene un elemento de tristeza adicional a la muerte de Turgon y es que, poco antes de anunciarse la publicación del libro, Christopher Reuel Tolkien renunció como director del Tolkien Estate.


El escritor, que contaba entonces con 93 años de edad, había sufrido un golpe terrible, también relacionado con el mundo audiovisual. Al parecer, se había llegado a un acuerdo para la producción de una serie para la plataforma Amazon. Una especie de precuela que narrará historias anteriores a El señor de los anillos (pero NO las historias de El Silmarillion). Debido a la nebulosa situación de los derechos de la obra, Amazon necesitaba la aprobación del Tolkien Estate y no le bastaba con la colaboración de Middle-Earth Enterprises.


La situación es un poco complicada pero, resumida toscamente, esto es lo que ocurrió: los miembros del Tolkien Estate decidieron llegar a un acuerdo amistoso y aceptar el dinero que les ofrecían. Después de tantas películas y adaptaciones, ¿qué importaba una más? Christopher se oponía, como siempre se ha opuesto, a transformar esos mundos que él considera reales en una pantomima hecha por ordenador. Pero ha fracasado y no tiene edad para seguir luchando.


No sabemos cuántos años le quedan a este hombre, que tanto nos ha dado a los aficionados a la fantasía. Cuando muera, probablemente sus herederos dividirán el cadáver de J.R.R. Tolkien y lo venderán al mejor postor, como los trasgos hacen con la bella Gondolin cuando cruzan a sangre y fuego sus murallas. Ojalá me equivoque.


Considerando que el primer guion que escribí fue La caída de Gondolin puede parecer que todo esto es un tanto contradictorio, pero ya no sé si quiero nuevas adaptaciones de la obra del profesor. Sobre todo si eso significa ir en contra del deseo expreso de su hijo, Christopher. Quizás los hijos de Hurin y la historia de amor de Beren y Luthien pertenezcan únicamente al mundo de la literatura.


Pero quiero terminar el texto con una reflexión alegre.


El profesor dejó a su muerte miles de notas, fragmentos, borradores, dibujos y poemas. La mayor parte de estos textos ni siquiera estaban mecanografiados, sino escritos a mano y repletos de borrones. Organizar todo este material habría sido una tarea imposible para cualquier otro. Pero Christopher sabía de historia y mitología, conocía a su padre, y sabía perfectamente qué es lo que intentaba hacer. Conocía el universo y los personajes que lo habitaban. Buceó entre obras terminadas e inconclusas y durante cuarenta años de trabajo nos ha hecho entrega de los más maravillosos tesoros literarios.


No solo hemos ganado una cornucopia de historias ambientadas en la Tierra Media. También tenemos La leyenda de Sigurd and Gudrun, Mr Bliss, Egidio el granjero de Ham o Los monstruos y los críticos, entre otras muchas cosas. Hemos podido disfrutar de ficción, de ensayos, de leyendas y, lo que es más importante, se nos han proporcionado las herramientas para entender un poco mejor las intenciones y anhelos del gran maestro de la literatura fantástica.


Gracias, Christopher Reuel Tolkien. Gracias de corazón.



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